Mi mujer y yo hemos entrado en una dinámica de cierta tensión por el tema del adelgazamiento. Cuando yo la conocí, alla por el año... taitantos ella pesaba justo 20 kilos menos que yo y así nos mantuvimos durante muchos años, con esa diferencia, aunque los dos ganamos peso, pero lo hacíamos más o menos equilibradamente. Después ella más o menos se cuidaba y yo me descuidé, al final terminé casi 30 kilos por encima de ella.
Durante varios años ella (aunque fuese inconscientemente) se ha estado sintiendo "ganadora" y se permitía decirme "no comas de esto o de lo otro", "come menos", "haz más
ejercicio", etc. El año pasado (2 de enero) ya me planteé esto seriamente y tomé medidas drásticas. Ella vió las orejas al lobo o tal vez contagiada por mi euforia decidió ponerse también al tema. Pero yo elegí, creo, la forma adecuada: alimentación sana y
gimnasio, mientras que ella renunció al
ejercicio. Para ella sólo con cuidarse lo que comía ya sería suficiente.
Total que comenzamos bien, ella iba perdiendo peso más rápido que yo, pero a mí me daba la impresión de que no lo estaba haciendo bien, y que no tardaría en estancarse. Y así fue, a partir de septiembre pasado yo empecé a ganar terreno, para navidades conseguí ponerme casi a 20 kilos de ella y ahora mismo estoy a unos de 15. Yo sigo perdiendo peso y ella no y está desesperada. En general se alegra de mis progresos, pero a veces tiene reacciones extrañas, como una especie de molestia por ver que yo consigo cosas que ella no.
Y que conste que yo la he dado consejos de lo que yo entiendo que sería mejor para ella, pero se niega, es bastante terca, no quiere oir hablar de hacer
ejercicio, dice que bastante
ejercicio hace trabajando y cosas así.
Ahora me la quiero llevar los domingos a las piscinas por lo menos, pero no quiere, dice que se ve muy gorda y le da vergüenza ponerse el bañador.
A mí eso me parece caer en una espiral muy peligrosa, pero tampoco veo la forma de convencerla porque cuanto más le digo ella más terca se pone, incluso la conversación toma aires de convertirse en discusión y tampoco es eso...
Uf, qué difícil es ser un buen marido...